Déjate ir…

El pasado domingo mis niveles de azúcar bajaron al terminar una carrera corta.

Era la segunda vez que me ocurría en menos de dos meses, pero después de la primera experiencia di por hecho que no volvería a pasar por lo mismo en mucho tiempo o, quizá, nunca. Al inicio la vista se me nubló, no podía mantenerme de pie y el aire se cortaba.

Una de mis mejores amigas estaba conmigo y unos chicos vendían agua y chocolates en el mismo punto que me acosté boca arriba sobre el suelo frío y húmedo.

Enseguida, comencé a comer un chocolate, tomar agua y respirar hasta que volví a distinguir las formas de los árboles. En resumen, todo salió bien.

En la segunda ocasión, al final de la carrera, volví a sentir esas náuseas en el estómago, que subían hacia la cabeza y me dejaban la vista como sumergida en agua. También me encontraba con otra de mis mejores amigas.

La tomé del brazo y le dije: “Por favor, agua y comida”. De pronto, la silueta de una señora me sentó y me recostó sobre una barda ancha de concreto diciendo “respira, soy médico; respira”. Lo mismo. Tomé alguna bebida rehidratante y alguien más me pasó una barra de proteína con chocolate hasta recuperar la visión.

No vengo a contarte de mis bajas de azúcar para llamar tu atención o armar drama, pero creo que era importante ponerte en contexto y meterte en mi cuerpo tanto como dos párrafos me lo permitieran, porque necesito compartirte lo que mi cabeza procesó después de repasar ambas justas.

Necesito que lo sientas como tuyo, pues no te deseo en absoluto que pases por lo mismo. Perder el control de mis ojos, respiración y movimientos corporales por unos pocos minutos me hizo apreciar el poder de la rendición.

¿Y si dejo de luchar contra lo que mi cuerpo está atravesando y tomo control de lo que sí puedo?

Si ya no pienso en el maldito ruido, maldita gente, maldito sol, maldito desayuno escaso y malditas circunstancias que me trajeron hasta aquí (de acuerdo, no pensé en nada de eso, sin embargo, hace algunos años tal vez mi mente hubiera preferido ese camino).

En otras palabras: si dejo de culpar y odiar el momento que sucede.

Puedo controlar la ayuda que pido con la capacidad de habla que tengo, un poco de mi respiración, la confianza que deposito en las personas que me rodean y en lo que está sucediendo. Puedo manejar mi entrega al evento.

Puedo sólo rendirme. Puedo confiar en el silencio y el ruido, en la gente que llega a auxiliarme, en el sol, la comida que una amable mujer dejó de comer para dármela porque yo la necesitaba más que ella en ese momento.

Puedo confiar en que las circunstancias que me llevaron al suelo no se equivocan. En otras palabras: si tomo responsabilidad de lo que esté al alcance de mis manos y mi conciencia y acepto el tiempo en que ocurre.

¿Y si dejas que tu realidad te robe la ilusión de control por un rato?

Te recuestas, respiras, te bañas de sol, lo sudas, te hidratas, te alimentas de vida, confías y te entregas.

¿Y si dejas de luchar en tu propia guerra y competir contra tus hermanas?

Que la vista regrese sola cuando esté lista para mostrarte todo lo que no querías ver. Que el hambre te enseñe lo que tu cuerpo pide simplemente porque lo necesita.

Que la rendición te libere de todo lo que crees tuyo.

“PUEDO CONFIAR EN QUE LAS CIRCUNSTANCIAS QUE ME TRAJERON NO SE EQUIVOCAN…SI TOMO RESPONSABILIDAD DE LO QUE ESTÉ AL ALCANCE DE MIS MANOS Y ACEPTO EL TIEMPO EN QUE OCURRE…”

por;MarieClarie.

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